Salí de mi casa a eso de las 23.00.
El súper de la esquina está "abierto" hasta la 1.00.
Digo "abierto" porque te atienden por una reja, porque así tenemos que hacerlo ahora. La inseguridad, la desconfianza, vaya uno a saber bien qué, no nos dejó otra opción. Como todos los viernes de noche había una fila de personas. Cigarros, petacas, chicles, coca, galletitas y alguna otra cosa me acuerdo que iban pidiendo mientras yo no podía dejar de mirar a un hombre que conversaba con el foco de luz que le daba justo en la cara.
No hacía frío para estar en invierno, pero tampoco estaba como para andar sin remera. Pero ahí estaba, sentado, temblando, con los ojos idos, un vino al lado, una bolsita con marihuana, unos puchos y unas cosas más que no llegué a ver. No paraba de hablar con el foco de luz. No sé qué le decía. No podía modular bien.
Lo que sí sé es que no la estaba pasando bien. Estaba enojado y se le notaba. Estaba triste y también pude darme cuenta. Estaba solo y eso lo veíamos todos. Estaba siendo observado y no se daba cuenta.
Ninguna de las seis o siete personas que estábamos ahí hicimos nada. Nadie se acercó, nadie le ofreció un abrigo, comprarle algo para comer, nadie le habló ni le preguntó si quería algo, nadie interrumpió su charla con el foco de luz. Nadie le dijo que estaba dispuesto a escucharlo cuando el foco se cansara de hacerlo. Nadie. Y yo tampoco.
Tal vez por lo mismo que tenemos que hablar a través de las rejas con el del súper después de que se hace de noche. Tal vez porque nos están enseñando a que la vida es de cada uno y cada uno hace y dice lo que quiere. Cada uno en la suya. Tal vez porque no supimos cómo hacerlo, o porque nos dio miedo cómo podía reaccionar. Capaz yo, de quien puedo hacerme cargo, tuve miedo. Capaz como andaba de pollera corta me sentí más desprotegida, más insegura. Capaz sentí que "no era tema mío". No sé. Supongo. Lo cierto es que yo tampoco hice nada. Ni yo ni ninguna de las personas que estuvieron ahí conmigo.
Cuando me fui el hombre seguía temblando, seguía enojado, seguía solo. Y yo me fui.
No sé si hubiera querido que me acercara, probablemente no. Pero no lo voy a saber porque no lo hice.
Ojalá el miedo no me paralice nunca más. Ojalá no nos sigan haciendo creer que solos vamos a llegar más lejos. Ojalá empecemos a mirar menos hacia adelante y más a los costados... Porque la sociedad de la que nos quejamos somos todos. Y la sociedad duele, pero las personas curan.
