Como somos

Nos hicieron creer que para ser felices, para estar cómodos, para sentirnos bien con nosotros mismos tenemos que gustarle a los demás. La persona que queremos, nos tiene que querer. Nuestras amigas tienen que querer ser como nosotras. Las fotos que nos sacamos tienen que mostrarnos de la manera más linda posible. Inventamos mil maneras para lograr ser eso que a los demás les gusta que seamos. ¿Y al final? ¿Eso nos hace más felices?
Soy una gran víctima de todo eso. Siempre lo fui. La mirada del afuera siempre fue una de mis principales preocupaciones. Lo sigue siendo. Daría un montón de cosas por evitar eso, porque no me afectara el afuera. No tanto por la independencia, sino porque a veces somos muy agresivos, muy malos con la mirada a los demás… Y hacemos daño, bastante. Sin intención, tal vez, pero es daño al fin ¿No?


Nadie nos avisó que después de que demos vuelta nuestra vida, cambiemos nuestros gustos, nuestros hábitos, nuestros hobbies y rutinas para gustarle a una persona que no nos quiere como somos, o para gustarle a la mayoría de las personas, después de todo eso, vamos a seguir estando igual de incompletos que antes. Pero ahora más separados de nosotros mismos, un poquito más hipócritas. Nadie nos dijo que además, lo más probable es que vuelvan a encontrarnos defectos, que vuelvan a hacernos sentir que todavía no somos suficiente, que volvamos a sentir que tenemos que hacer muchas cosas más para mejorar y que estamos lejos de ser perfectos. Y sí, estamos lejos. Pero siempre vamos a seguirlo estando. Y tal vez esa sea la gracia.


Nunca pude apartarme mucho de lo que pensaran los demás de mí. Siempre estuve dispuesta a cambiar lo que soy por quienes quiero, siempre tuve en cuenta todo lo que todos pensaran de mí. Y me agotó. Y me sigue agotando, porque es algo que hasta ahora no he logrado cambiar. Pero al menos, de a poquito voy entendiendo que cambiar por y para los demás no es solución a nada. Que tengo millones de defectos, pero que los quiero, porque son parte de mí y si no aprendo a convivir con ellos, lo único que voy a hacer es pelearme un poquito más conmigo misma, alejarme de mí. De a poquito voy entendiendo que si no me quieren, no hay mucho que pueda hacer, que si no gusto, entonces ese no es mi lugar, esas no son las personas para mí, ni yo lo soy para ellos. Que por más que admire y quiera mucho a alguien, si no soy suficiente para esa persona, seguramente tenga que irme, porque al final, el mal me lo hago a mí misma. Que esa persona que cree que soy poco para él, siempre va a encontrar un motivo por el cual eso es así y nunca voy a ser suficiente.


Que hay que quererse a uno mismo primero, dicen. Está tan trillado que a veces me hace dudar, pero es verdad. Es verdad que nadie nos va a valorar si no lo hacemos nosotros en primera instancia. Si nosotros no estamos orgullosos de lo que somos, si no podemos transmitir eso, entonces para nadie vamos a ser atractivos. Porque es la seguridad lo primero que tenemos que trabajar para conseguir cualquier cosa en la vida. Y la seguridad tiene que partir siempre de lo lindo de la imperfección, porque LA IMPERFECCIÓN ES LINDA, está llena de cosas buenas, sanas y necesarias. Tenemos que convencernos de que nuestra versión de nosotros mismos es la más linda y que vale mucho y va a seguir valiendo por más golpes que nos peguemos. Y somos nosotros los que nos ponemos el valor. Todos los días.



¿Y sabes qué? Las personas más lindas que conocí son las que se ríen a carcajadas sin importar quién los está mirando, los que disfrutan de lo que los hace felices aunque a la sociedad no le guste tanto, los que no se avergüenzan de sus cuerpos aunque no sean perfectos, los que hacen chistes de sí mismos porque están tan seguros de lo que valen, que eso no los hace ser ni sentirse menos que nadie. Esas son las personas más felices que conocí. Las reales, aunque todavía me falte mucho para ser una de ellas. La belleza de esas personas es mucho más grande que cualquier otra, nos encandila, es tan fuerte que no nos deja ver ningún defecto, como una luz que te da de frente y no te deja que veas todo lo demás. Así funcionan esas personas, que además suelen tener la capacidad de ver en los demás todo lo bueno que tienen, porque primero lo vieron en ellos mismos.