La vida tiene momentos horribles, de esos que te dan ganas
de tirar todo al carajo, de salir corriendo a un lugar del que no puedas volver
nunca y al que nadie pueda llegar. Momentos que le sacan el sabor a todo y que
te dejan sin entender mucho qué pasa. Pero tiene de esos otros de los que no
hablamos ni escribimos porque nos hicieron creer que lo lindo del arte y lo
entretenido de escuchar historias salía de la tristeza.
La vida tiene esos momentos que
no necesitan nada más, como una de esas fotos perfectas a las que le sobra
cualquier filtro o efecto. Son completos. Te dejan sin aire, te hacen
sentir que tocas el cielo con las manos. Momentos que le dan sentido a todo lo
demás, que hacen que cada cosa mala pueda y valga la pena ser soportada.
Son tan inmensos que te hacen pensar que toda la vida vas a querer volver
a vivirlos, que nunca vas a querer que terminen y que siempre vas a llevar con
vos. Como esas personas que viajan con fotos buscando encontrar una puerta por
la que alguna vez pasaron, así vamos nosotros por la vida buscando volver a
sentir eso que sentimos alguna vez, volver a vivirlo. Uno se pasa la vida buscando volver a algún lugar donde esa
magia exista. Y conocemos lugares parecidos, momentos lindos, otros no
tanto, a veces volvemos a sentir algo que tiene que ver un poco con todo aquello, pero al rato nos
damos cuenta de que no, de que no es lo mismo. Es que esos momentos son
poquitos.
Y seguimos buscando... Hasta que un día te juro que llegas a
un lugar donde toda esa magia te estaba esperando, para que vuelvas a vivirla.
Y ¿sabes qué? En general está en lo más sencillo, esos momentos son
simples, son instantes, son rincones y no grandes lugares, son una o dos
personas y no multitudes, son minutos, no días ni meses. Son fugaces. Y es por
esos momentos, por los más inesperados y perfectos por los que me gusta vivir. Aunque a veces demoren, aunque después duela extrañarlos, aun así los sigo buscando y los sigo intentando crear, para siempre.
