¿Qué ves cuando me ves?

¿Qué ves cuándo me ves? ¿Qué te genera verme? ¿Qué muestro?¿Cuánto me crees? ¿Qué es mío y qué me inventé? ¿Cuánto hay de mí en lo que vos ves? ¿Cuánto hay de vos en lo que ves de mi?



A veces lo que ven de nosotros, lo que mostramos, ese escudo que nos ponemos para ser más como quiere el otro es tan distinto a lo que somos. Ponemos tanto esfuerzo en ser eso que los demás quieren que seamos, en encajar, en ser lo que el otro nos pide, en cambiar lo que somos para que nos acepte, para que nos quiera más, para que nos perdone, para que todo vuelva a ser como antes, que nos olvidamos o intentamos olvidarnos de lo que somos, de eso que no elegimos, pero que nos pertenece. 

Es que nos aferramos tanto a querer ser, a dar una imagen que sea linda de ver, que se adapte, que no moleste ni genere cambios en lo que ya está, que nos olvidamos de eso que nos hace únicos, distintos. Eso que a veces desentona con la sociedad, que es diferente a lo que los demás esperan , pero que es parte, nos construye y no puede escaparse.

Estamos tan pendientes del qué dirán, qué pensarán y qué les parecerá que nos olvidamos de lo que pensamos y nos parece a nosotros mismos. Nos olvidamos de pasar por nuestros ojos a eso que está adentro nuestro. O peor, convertimos nuestros ojos en el reflejo de los ojos de los demás.

¿Cuánto hace que no te aplaudís por algo, que no te felicitas? ¿De verdad crees que no hay nada que deba ser aplaudido de vos mismo? Claro que lo hay, pero si no lo aplaude el resto, vos tampoco. Y si lo aplauden... De nuevo, vos tampoco.

¿Cuánto hace que no te personas sinceramente, que no te das un abrazo? A veces es el abrazo que más necesitamos, sabes? El de nosotros mismos. El que viene de adentro y nos lleva de nuevo hacia adentro.

Es que podemos construir una máscara un tiempo, cambiar un poco lo que somos, caerle mejor al que no nos quiere tanto y lograr que nos perdone... Pero la esencia, lo que somos, va a volver... Y no podemos contra eso, y está bueno que no podamos. Es lo que somos, y de verdad, preferimos siempre a las personas que son lo que de verdad son aunque no sean perfectas ni ideales antes que a esas que se armaron, se inventaron y se olvidaron de lo que eran, o no? Entonces... ¿Por qué insistimos en inventarnos? Claro que hay una parte nuestra que siempre puede cambiar, que puede y debe moldearse, pero otra no, Otra viene con nosotros, intrínsecamente y no tiene por qué cambiar. Y si no la aceptan, no nos aceptan a nosotros. Si no la quieren, no nos quieren. Si no les gusta lo que somos, no le gustamos nosotros. 

No es cuestión de andarse cambiando a uno mismo para gustarle al de al lado... Es cuestión de crecer, mejorar y buscar en el de al lado lo que pueda hacer una versión más linda de nosotros mismos. A veces son nuestros ojos los que no nos aceptan, nuestros juicios los que nos lastiman, nuestros prejuicios los que nos frenan y nuestros castigos los que se pasan de la raya.

Porque el que te quiere, te quiere. Así, como sos. No le da mucha vuelta. No busca cambiarte hasta que quedes a su gusto. El que te quiere te abraza así, con eso que no le gusta tanto y con eso otro que le encanta, pero te quiere real. Porque siempre vamos a terminar prefieriendo a las personas de verdad. 

Y no digo que sea fácil... A mí es de lo que más me cuesta, y me seguirá costando, pero a veces, cuando lo logro ver, cuando logro entender lo importante que es ser yo, todo anda mejor.