Había una
vez un lugar en donde las personas se agrupaban entre sí por sus colores
favoritos. Los que preferían el rojo solo se gustaban entre ellos, eran amigos
entre ellos y se importaban entre ellos. Así también pasaba con los que
preferían el azul, el blanco o el negro.
A la misma
vez, en otro lugar, no tan lejos del primero, las personas se juntaban según su
día preferido en la semana. Los que disfrutaban los sábados se quedaban todos
juntos, se enamoraban entre ellos, sus grupos eran solamente con personas que
preferían los sábados. Así hacían también los de los lunes, martes o miércoles.
En un
momento, en el lugar de los colores, uno de los “rojos” se cruzó de casualidad
con uno de los de “azul”… Cosa que no pasaba seguido. Se pusieron a conversar, vaya
uno a saber por qué, y se dieron cuenta de que los unían más cosas de las que
los separaban. Se siguieron juntando casi todos los días. Cada vez descubrían
más y más cosas en común… Hasta que un día la mujer del “rojo” se dio cuenta de
que se había enamorado del “azul”. Y de que eso era un imposible. De que eso no
podía pasar. De que nunca había pasado antes.
Fue
entonces cuando ella se preguntó por primera vez a sí misma ¿Por qué no? Y pese
a que le pareció raro, no tuvo respuesta. No entendía ella por qué esto nunca
antes había sucedido si no existía ningún impedimento al menos a sus ojos.
Cuando lo
habló con él, descubrió que a él le
pasaba lo mismo, exactamente lo mismo y decidieron que querían que los demás lo
supieran, porque no tenían nada que ocultar.
Así las demás personas quedaron impresionadas. Jamás se hubieran
esperado una cosa así. No entendían por qué estaba pasando eso, qué les había
pasado, si necesitaban ayuda o no, no sabían cómo reaccionar frente a semejante
problema.
Solo unos
pocos estuvieron de acuerdo… Solo unos pocos.
¿No será
que los límites que nos ponemos para relacionarnos con los demás son igual de
tontos que agruparnos por colores o días? ¿No será que nos clasificamos
demasiado? ¿Qué juzgamos mucho sobre qué es lo que está bien que nos fijemos de
las demás personas y qué no? ¿No será que todo lo que nos limite unirnos a otra
persona no tiene ningún sentido?
Tal vez sea
el momento de empezar a mirar lo que nos une, lo que tenemos en común. Empezar
a pensar que esas personas tan distintas que se juntan tiene algo en común,
lograron encontrar eso en común que les hace valer la pena estar juntos. Y que
somos nosotros, los de afuera, los que no entendemos ni tenemos que entender
qué es eso que los une, que los mantiene unidos. Pero que, seguro, no es nada
malo, y que lo que nos separa de los demás no tiene por qué tener una
explicación, así como tampoco lo que nos acerca.
Nos
hicieron creer que la nacionalidad, el color, la edad, las ideologías y hasta
la economía tenían el poder de limitar nuestras relaciones, de elegir por
nosotros con quienes está bien que pasemos tiempo y con quienes no.
Y estamos a tiempo... A tiempo de elegir unirnos a quienes tenemos ganas. Siempre estamos a tiempo
Porque al
fin y al cabo, de lo más lindo que tiene la vida es la libertad. El ser libre
de estar donde queremos, con quienes queremos o, de al menos, pelearla para que
así sea.
