¿Por qué nos cuesta tanto decir las cosas? ¿Por qué? A
veces pienso que es un poco soberbio de nuestra parte. Que creemos tener a la
vida y a las personas para siempre y que por eso nos podemos tomar todo el
tiempo del mundo para decirles a los otros lo que sentimos. Y no es así. Lejos
de ser así, la vida nos muestra todos los días que todo cambia de golpe y que a
veces se nos va todo al carajo y te quedaste sin decirle que lo querías, que no
dijiste las suficientes veces que extrañabas a alguien, que no abrazaste el
tiempo que necesitabas, que no elegiste a quien querías y que no agradeciste lo
suficiente. Todo porque pensaste que el momento se iba a dar, que ya iba a
llegar y que cuando tuviera que ser, iba a ser. Y no sé.
Dicen que hay un momento para cada cosa, que todo
llega, que tiempo al tiempo… Pero yo no estoy tan segura. A veces las cosas
llegan si las vamos a buscar, a veces el tiempo no maneja bien sus tiempos y a
veces se nos pasa el tren o el cuarto de hora, ¿O no? Y ¿Sabes qué? Creo que
prefiero quedarme con la frase de las pastillas: “solo me queda el consuelo de
saberme muy tranquilo, yo ya sé que la peleé”, antes de elegir otras que le dan
la responsabilidad de que las cosas no sucedan ahora mismo, al tiempo, a la
vida o al destino.
Yo no quiero. No elijo creer que todo va a pasar si
tiene que pasar. Ni siquiera sé si todo pasa por algo y aunque de a ratos lo
uso de consuelo, hay cosas que realmente para mí no tienen sentido, explicación
ni motivos posibles. Entonces yo no sé si de verdad el destino tiene su razón
de ser.
Lo que sí sé es que cuando estoy segura de las cosas que quiero… Ahí, eso sí tiene todo el sentido del mundo y una razón de ser más grande que cualquier justificación que “el tiempo” pueda darme.
Lo que sí sé es que cuando estoy segura de las cosas que quiero… Ahí, eso sí tiene todo el sentido del mundo y una razón de ser más grande que cualquier justificación que “el tiempo” pueda darme.
Yo no digo que si buscamos lo que queremos encontrar,
vayamos a hacerlo… Es más, la mayoría de las veces que lo he hecho, no lo he
conseguido. Pero siempre me llevo una paz enorme, que no compensa, pero que
tranquiliza. Me llevo una consciencia tranquila y sigo liviana por la vida. No
ando con una mochila cargada de “te extraño”, “te quiero” y “te necesito” sin
decir, por más de que a veces, decirlos me duela.
