Yo te prometí que nunca
te iba a soltar la mano, como escuché muchas veces.
Te prometí que siempre iba
a estar acá para lo que fuera necesario, siempre. Y vos me prometiste lo mismo.
La verdad que nunca me mintieron tanto, creo. O por lo menos nunca creí tan
segura una mentira. Hoy ya sé que mentías, que no era así, que no
ibas a estar... Que no estás. Pero, ¿Sabes qué? Yo si estoy. Yo sigo acá. Yo
sigo estando acá para vos, para lo precises y sé que lo sabes. Y no sigo porque
no quiera olvidarme de nada, no sigo acá porque siga esperando que cumplas algo
de lo que prometimos, no. Claro que no.
Ya no espero nada de eso. Ya no te creo
nada, ya no espero nada de vos y ya estoy segura de que no me equivoco cuando
elijo que sea así. Ya intento olvidarme de vos, y de a ratos, por suerte, me
sale bien. De a poco, me va saliendo mejor. Pero sin embargo sigo estando acá.
No porque quiera que vuelvas (aunque a veces sí), sino porque yo no te prometí
eso en base a lo que vos fueras a hacer.
Yo te prometí que SIEMPRE, pasara lo
que pasara, iba a estar acá. Y mirá que pasaron cosas... Muchas más de las que
hubiera querido o de las que hubiera pensado... Pero yo sigo acá, porque mi
promesa con vos no se rompe por los errores que tengas, o que tenga yo, no se rompe
con las veces que me desilusionaste ni con las mil maneras en las que me
lastimaste.
Mi promesa va por otro lado.
Mi promesa está en lo que yo sé que
sos aunque no lo vea nadie, ni siquiera vos.
Tiene que ver con lo que yo soy
para vos, porque de eso estoy segura. Mi promesa, como te dije una vez, es para
siempre y está intacta.